Las dificultades para desconectar de las pantallas aparecen desde edades tempranas. Un informe alerta sobre los cambios de comportamiento asociados a la retirada de los dispositivos y la importancia de fomentar hábitos digitales saludables.
La relación de los menores con las pantallas se ha convertido en una preocupación para muchas familias. La irritabilidad, la ansiedad y los cambios de humor cuando se limita el uso del móvil, la tableta o la consola son algunas de las señales que pueden indicar dificultades para gestionar el tiempo digital.
Según los datos del Observatorio Digital citado en un informe publicado el 9 de octubre de 2026, cerca del 55% de las familias encuestadas detecta un aumento de la irritabilidad y la ansiedad cuando sus hijos pierden el acceso al teléfono móvil o se les retira.
Estas reacciones no se limitan a la adolescencia. Más de la mitad de las familias con menores de entre 5 y 11 años también identifica alteraciones del estado de ánimo relacionadas con la retirada de los dispositivos, lo que pone de relieve la importancia de prestar atención a los hábitos digitales desde la infancia.
Una preocupación que no siempre se reconoce
Aunque los cambios de comportamiento parecen relativamente frecuentes, la preocupación de los padres por el uso excesivo de las pantallas es menor. El informe señala que solo el 8,4% manifiesta una preocupación clara por este problema.
Entre las familias con hijos de 12 a 14 años, el 11,3% se ha planteado recurrir a un profesional de la psicología para abordar las dificultades relacionadas con el uso de los dispositivos.
Estos datos apuntan a la necesidad de diferenciar entre el uso habitual de la tecnología y aquellas situaciones en las que las pantallas interfieren en el bienestar, las relaciones familiares o las actividades cotidianas de los menores.
El acceso a las pantallas comienza cada vez antes
El tiempo de exposición también es significativo: más del 81% pasa más de una hora diaria frente a las pantallas entre semana, una proporción que supera el 90% durante los fines de semana.
Además, tres de cada cuatro adolescentes disponen de un teléfono inteligente antes de cumplir los 13 años. En algunos casos, el contacto con dispositivos conectados comienza antes de los ocho años.
La introducción temprana de la tecnología plantea interrogantes sobre cómo establecer límites adecuados a cada etapa del desarrollo y cómo acompañar a los menores para que aprendan a utilizar los dispositivos de forma equilibrada.
Dificultades para controlar el tiempo de uso
Los problemas para desconectar también aparecen entre los propios adolescentes. El informe recoge que el 48% reconoce tener dificultades para gestionar el tiempo que pasa con el móvil.
Otros datos reflejan distintos comportamientos relacionados con el uso de estos dispositivos:
- Uno de cada cuatro adolescentes afirma utilizar el móvil como vía de escape ante sus problemas.
- El 17% ha intentado reducir el tiempo de uso sin conseguirlo.
- El 11% considera que el móvil perjudica su rendimiento escolar.
Estas cifras ponen de manifiesto que el tiempo de pantalla, por sí solo, no permite comprender toda la situación. También resulta relevante conocer para qué se utiliza el dispositivo, cómo afecta a las rutinas y qué ocurre cuando es necesario dejarlo.
La irritabilidad o el aburrimiento al interrumpir una actividad digital no implican necesariamente que exista un problema de salud mental. Sin embargo, si estas reacciones son intensas, persistentes o afectan a la vida diaria, puede ser conveniente consultar con un profesional.
Educación digital y límites adaptados a cada edad
La prevención pasa por establecer hábitos saludables antes de que aparezcan dificultades importantes. Para ello, resulta fundamental que las normas sobre el uso de dispositivos sean claras, coherentes y adecuadas a la edad de cada menor.
Entre las medidas que pueden contribuir a un uso más equilibrado destacan:
- Introducir la tecnología progresivamente, teniendo en cuenta la edad y el grado de autonomía del menor.
- Establecer horarios y espacios sin pantallas, especialmente durante las comidas y antes de dormir.
- Supervisar los contenidos y las aplicaciones, adaptando el control parental a las necesidades de cada etapa.
- Fomentar alternativas fuera del entorno digital, como el deporte, la lectura, el juego y las actividades sociales.
- Mantener una comunicación abierta, para que los menores puedan expresar cómo se sienten cuando se limita el uso del móvil.
El objetivo no consiste únicamente en reducir el tiempo frente a las pantallas, sino en ayudar a niños y adolescentes a desarrollar autonomía y aprender a gestionar la tecnología sin que interfiera en su descanso, sus estudios o sus relaciones personales.
En un entorno cada vez más digitalizado, la educación tecnológica debe ir acompañada de una atención especial al bienestar emocional. Las familias, los centros educativos y los propios menores tienen un papel importante en la construcción de hábitos que permitan aprovechar las ventajas de la tecnología sin descuidar la salud y el desarrollo personal.