Tras la visita de León XIV a España, sintetizo ideas sobre comunicación, dignidad humana y personas vulnerables:
Abandonar las narrativas divisivas y polarizantes y pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad.
Cuidar el lenguaje: toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes, sembrar división o despertar la esperanza.
Defender la vida humana es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esa certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona.
Existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada y también existe el derecho a no tener que emigrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.
Integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro. A los hermanos migrantes corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.
A quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio: ¡deténganse! Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan.
Ante los abusos, hay que responder con escucha, verdad, justicia, reparación y compromiso en prevenir y cuidar. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.
Perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño, ni olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se adueñe de nuestro corazón.
Quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión.
Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona, el pasado no condena el futuro. ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!
Autor: Enrique Sueiro en su Linkedin